Europa dejó en marzo una de las señales más claras de su nueva estrategia tecnológica: ya no quiere ser solo mercado, regulador o cliente de la inteligencia artificial ajena. Quiere capacidad propia. La deuda de 830 millones de dólares que ha cerrado Mistral para comprar 13.800 chips de Nvidia y levantar un gran centro de datos cerca de París va mucho más allá de una operación financiera: es una declaración geopolítica e industrial.
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